29 de Mayo de 2017

El cerebro, los engaños y las mentiras

Nuestro cerebro posee una estructura como la neocorteza que ha evolucionado vertiginosamente. Se encarga de razonar, interpretar, descifrar, hacer asociaciones de ideas, hipótesis, pensamientos y… De mentir. Esta acción cumple una función adaptativa y habría que indagar en cuál es la esencia que la justifica. Pese a que puede haber mentiras positivas (que pueden ser realmente necesarias) optar por este camino es erróneo.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


¿Es lícito decir siempre la verdad o en ciertas ocasiones la mentira se convierte en necesidad o en obligación?

Según expertos, la mentira cumple una función adaptativa y habría que indagar en cuál es la esencia que la justifica. Al respecto, diferentes estudios demuestran que, de media, las personas expresamos de una a dos mentiras cada día.

Algunos científicos consideran que ha sido la evolución la que a través del engaño inconsciente ha permitido al individuo sobrevivir. Citan como ejemplo el caso de los chimpancés, que ocultan objetos, se muestran amables y engañan a sus cuidadores o a otros chimpancés con el objetivo de lograr supervivencia, sexo e, incluso, diversión.

 ¿El cerebro miente para sobrevivir o es la mentira parte de la naturaleza humana que se asoma frecuentemente en nuestros actos y como no se considera un pecado tradicional, del mismo modo, tampoco la veracidad es hoy reconocida como una virtud?

En apoyo a la evolución y la sobrevivencia, la neocorteza, considerada el tercer cerebro, el más desarrollado, a diferencia del paleoencéfalo y el sistema límbico, ha evolucionado vertiginosamente. Es capaz de controlar a los dos anteriores y se encarga, además, de razonar, interpretar, descifrar, hacer asociaciones de ideas, hipótesis, pensamientos y… De mentir.

Cuando la persona miente hay un aumento en la actividad cortical de los lóbulos frontal y temporal y del sistema límbico. La mentira se puede manifestar fisiológicamente por aumento de la presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria y la sudoración de la piel. Este incremento de la actividad cerebral es, a la vez, un estímulo para desplegar más interconexiones neuronales que contribuyen a expandir la inteligencia.

Cuando se miente interesadamente, la amígdala produce una sensación negativa que limita el grado de las mentiras.

No obstante, esta respuesta se reduce a medida que se continúa mintiendo, aumentando la escala de los engaños; esto conduce a una espiral desde los pequeños actos de falta de sinceridad hasta una vida llena de ilusiones y autoengaños. Lo que todavía no se sabe es si esta respuesta de la amígdala es innata o nace del aprendizaje como una adaptación del organismo humano.

El ser humano en su neocorteza posee unas neuronas especiales (denominadas neuronas espejo) a partir de las cuales, luego de estudios realizados en animales, se ha podido entender la relación compleja entre la cognición y las interacciones sociales.

Las neuronas espejo se consideran precursoras de los sistemas neuronales del lenguaje. El cerebro lee el mundo, tarea en la que las neuronas espejo son fundamentales; también entiende lo que ve y lo que ve determina lo que siente y es posible que la imitación funcione en ambos sentidos, positivamente (lo que consideramos cierto o bueno) o negativamente (recurriendo a la mentira), es decir, más de acuerdo a lo que haga la sociedad que a lo que ella diga.

Quizás el mecanismo complejo de la mentira sea una defensa interna del cerebro. Por un lado, porque los datos almacenados son tan vastos que cuando se requiere una respuesta rápida, probablemente hay que evitar sufrir por no recordar fielmente el dato requerido y se mienta de manera natural y fácil.

Otra explicación radica posiblemente en las neuronas espejo que se comunican con áreas del sistema límbico, a través de la ínsula, buscando imitar lo vivido, interpretar estos hechos y opinar de acuerdo con este razonamiento, no necesariamente acorde al criterio que consideramos el más veraz.

Al igual que otras muchas cosas, la mentira cumple una función adaptativa y hay que ver siempre cuál es la esencia que la justifica. Es decir, para aprovecharse de alguien y dañarlo no es bueno mentir, pero para defenderse de una situación negativa a lo mejor sí, pues es uno de los mecanismos de desarrollo del ser humano.

Además, cuando nos mienten, no tenemos que quedarnos solo con lo superficial sino que hay que acudir a la esencia: ¿cuál es la causa por la que nos mienten? O sea, hay que mirar el porqué está ocurriendo esto.

Si mentimos lo hacemos fundamentalmente por evitar un castigo o para aprovechar una oportunidad, ya que como no dejamos de ser un animal mamífero sin garras utilizamos otro tipo de herramientas (entre ellas está la mentira) para conseguir nuestros objetivos.

Tal vez vivir competiendo en estos tiempos hace que mentir se haya convertido casi en un hábito, tan solo por la costumbre de vivir permanentemente la necesidad de caer bien y de cubrir los déficits como sea; sin negar, también, que existen personas que mienten de manera más habitual como una configuración incluso de su propia personalidad.

Entonces, ¿mentimos ahora más que antes? No exactamente y depende de las personas. Está demostrado que los individuos que más mienten son los narcisistas, aquellos que tienen altos rasgos de psicopatía, los deshonestos y los egoístas que solo buscan su propio beneficio.

Asimismo lo hacen frecuentemente las personas inseguras y con altos niveles de ansiedad. Ellas suelen mentir más por caer bien o para tener la aprobación de los demás, al igual que los introvertidos que mienten más que los extrovertidos por ser más inseguros y necesitar la aprobación del resto.

En general, es cierto que mentimos por cariño o humanidad, pero la inmensa mayoría de las veces es para engañar, manipular o aprovecharse de los demás y estas mentiras son muy negativas. Si bien el 50% de las mentiras pasan desapercibidas, cuando se descubren, tienen claras consecuencias. La primera y fundamental es el deterioro de la credibilidad y la confianza.

Mentir menos tiene efectos positivos en la salud, en cambio, hacerlo sistemáticamente reduce la capacidad cognitiva, genera rechazo y desencadena represalias y venganza.

Pese a que puede haber mentiras positivas y que pueden ser realmente necesarias, como son las altruistas y las generosas, algunas personas piensan que les resultará más fácil conseguir sus objetivos con mentiras. Ese camino es erróneo y, tarde o temprano, se les vuelve en contra.

A manera de conclusión, cito al galardonado Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, quien dice: “la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros deseos infinitos, la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros, sin dejar de ser los mismos”.

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