12 de Septiembre de 2017

Cerebro y psicofármacos

En los últimos años el uso de psicofármacos aumentó considerablemente, aun sin noción de si su empleo es correcto o no. Por esta razón, es importante, a la hora de abordar un tratamiento, hacerlo de forma interdisciplinaria, combinando métodos y medios idóneos bajo la supervisión de especialistas.

 


Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


El término psicofármacos engloba a todas las sustancias que de alguna forma influyen en los procesos mentales, induciendo a cambios de comportamiento, en sentido estimulante o sedante. El uso de estas sustancias contribuyentes a mejorar los síntomas de una enfermedad o de un trastorno es un elemento clave en medicina, usándose para devolver al organismo a su estado de equilibrio natural. En el caso de los trastornos psicológicos, la presencia de muy diversas problemáticas ha generado la investigación de múltiples opciones de tratamiento, entre ellas la farmacológica. 

Si bien muchas sustancias afectan directa o indirectamente las redes neuronales, el concepto psicofármaco tiene mucho que ver con el tipo de efectos de la sustancia, intensidad y las regulaciones legales que determinan cómo y cuándo el consumo.

Cada clase de sustancia tiene efectos muy concretos, por lo que es posible establecer una clasificación de los tipos de psicofármacos, donde se incluyen a las drogas capaces de afectar o interferir con los procesos psíquicos y que son de utilidad en el tratamiento de las enfermedades mentales: ansiolíticos, sedantes, estabilizadores del estado de ánimo, antipsicóticos, antidepresivos, antimaníacos, psicoestimulantes, etc. Como se infiere, esta clasificación se basa en el uso clínico psiquiátrico predominante, dejando de lado categorizaciones basadas en la fórmula estructural, caracteres bioquímicos, etc.

Tampoco se incluyen en la clasificación los hipnóticos, los estimulantes del sistema nervioso central (SNC) como la estricnina y los analépticos; antiepilépticos; antipakinsonianos; hipnoanalgésicos; los anestésicos generales, etc., porque son drogas que afectan importantes funciones del SNC.

Por lo general, la función básica de los psicofármacos es hacer que ciertas neuronas se comporten de un modo diferente a como estaban actuando. Para conseguir ese efecto influyen directa o indirectamente en el modo en el que estas células nerviosas re-captan ciertos tipos de sustancias llamadas neurotransmisores. Así, por ejemplo, un psicofármaco puede hacer que cierta clase de neurona deje de captar una cantidad alta de dopamina o inhiban la recaptación de serotonina, lo que genera una reacción en cadena que hace que los síntomas de un trastorno mejoren.

Considerados como instrumentos de control de las desviaciones del comportamiento, los psicofármacos, al margen de su papel fundamental en el desarrollo del conocimiento de las causas de las enfermedades mentales, representan una de las novedades terapéuticas más importantes de los últimos años.

La importancia en la práctica médica de una correcta información es evidente porque al margen de los abusos y, sobre todo, de sus causas determinantes, el propio médico se ve a menudo presionado por una demanda agobiante y generalmente mal informada de pacientes que ante cualquier molestia exigen una respuesta rápida y efectiva. A veces, lamentablemente, la indicación del psicofármaco es un instrumento exclusivamente de sedación más al servicio de la tranquilidad de la familia y de quienes conviven con el paciente que de la salud de éste.

Sin embargo, el dato más alarmante es que el 60% de quienes consumen psicofármacos lo hacen sin receta. Este dato quizás explique, en parte, que la dispensa de antiepilépticos (con el clonazepam a la cabeza) haya aumentado un 128% en 10 años. Y, como todo tiene que ver con todo, la venta de antidepresivos subió, en el mismo período, un 105%.

Lo cierto es que existe un crecimiento exponencial del consumo de benzodiacepinas e hipnóticos en los últimos años.

Para el Dr. Carlos Damin, jefe de cátedra de Toxicología de la UBA y director de la División de Toxicología del Hospital Fernández, nada de todo esto es sorprendente, y al respecto dice: "En la Argentina prevalece una alta medicalización, que combina una prescripción desmedida por parte de los médicos y una automedicación muy preocupante".

El Dr. Carlos Damin ensaya una explicación: "Hay un sí fácil de los médicos, los farmacéuticos muchas veces venden sin receta (que para muchos medicamentos está archivada) y la gente pide y convida muchas de estas drogas con facilidad. 

A todos nos llama la atención ver la enorme cantidad de personas medicadas por cuestiones psiquiátricas, y con varios años de medicación encima, ya sea por exceso de ansiedad o por depresión. Y si bien nadie discute que alguna vez esto pueda ser necesario, en la mayoría de las oportunidades, la medicación no solo no soluciona nada, sino que termina estigmatizando con daños colaterales que suelen ser más notables que los beneficios.

De acuerdo con distintas investigaciones, los ansiolíticos y los sedantes no sólo aumentan el riesgo de accidentes de tránsito, sino que tienen un papel causativo en ellos. Este efecto es aún mayor si se combinan con otros agentes sedativos como el alcohol y ciertos antidepresivos, por lo que sería útil advertir a los pacientes sobre las consecuencias del consumo de estos agentes en términos de habilidad para conducir.

En algunos casos los profesionales podrían optar por no prescribir las drogas mencionadas en pacientes que conducen vehículos y en su lugar administrar agentes más seguros. Pero siempre los pacientes deben ser advertidos sobre la posibilidad de afectación sobre la capacidad para conducir. También, la depresión en sí puede afectar la habilidad para conducir y, muchas veces, los antidepresivos interactúan con el cuadro clínico de diferentes formas e influyen sobre la habilidad.

Tengamos en claro que toda benzodiacepina tipo Alplax, Rivotril, etc., aumenta el riesgo de accidentes de tránsito, y la responsabilidad del conductor se multiplica si las drogas se combinan con alcohol.

Los fármacos utilizados en psiquiatría suelen administrarse durante períodos más largos que el resto, y aunque dan la sensación de que finalmente va a ser imposible vivir sin ellos, es decir, de que no es fácil dejarlos, esto es posible si no se administran de forma indiscriminada o no se usan más allá de lo necesario.

Lamentablemente en la Argentina ha aumentado el uso indebido de psicofármacos. Este fenómeno se llama "medicalización de la vida cotidiana" y, según los expertos, se asocia a la subjetividad contemporánea actual y tiene que ver con el ideal de sujeto proactivo, obligado constantemente a mejorar su perfomance o a estar siempre a la altura de las circunstancias. Este es un signo de una época con mucha presión por la autosuperación y la permanente sensación de que siempre hace falta más.

La ley establece que los psicofármacos deben venderse bajo receta, pero a pesar de eso gran parte del consumo se resuelve sin prescripción y otra gran parte se da en el marco de una relación insuficiente con el médico tratante. Es decir, aun en los casos donde hay un seguimiento por parte del médico, el criterio sobre cuándo y por qué medicar con psicofármacos no parece estar formalmente instituido.

Cuando el tratamiento está adecuadamente pautado puede ser muy provechoso, incluso necesario para tratar un trastorno específico. Actualmente gracias a los nuevos fármacos se alcanzan resultados sorprendentes.

Claro que siempre hay que buscar la causa y el porqué del problema, para que posteriormente se pueda encontrar una solución duradera. O sea, si no se sabe qué es lo que está mal, qué hay que hacer para afrontar adecuadamente una situación, sucede lo inevitable: tantas veces como se repita el problema volverán a aparecer los síntomas. Por tanto, la forma más efectiva de abordar un tratamiento es del tipo interdisciplinario, combinando métodos y medios idóneos bajo la supervisión de especialistas.

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