26 de Diciembre de 2016

Cerebro, reloj biológico, ritmo circadiano...

Se sabe muy poco sobre nuestro reloj biológico y su funcionamiento, pero desarrolla importantes funciones en la regulación del organismo. Cuanto más organizada es nuestra vida, mejor funcionaremos. Esta es una clave para estresarse menos y ser más sanos.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).


Un reloj es el dispositivo que permite realizar una medición del tiempo. Por su parte, se denomina reloj biológico al encargado de ordenar de manera temporal diversas actividades orgánicas, guardando un orden que implica el desarrollo de ciclos para que ciertas funciones se desempeñen y se repitan con intervalos de tiempos regulares.

Esa puntualidad está asegurada por un mecanismo interno que controla las actividades de todos los cuerpos vivos. Muchas funciones están relacionadas con algún tipo de oscilación rítmica que ha llevado a plantear la existencia de relojes biológicos encargados de marcar los distintos pasos de la actividad orgánica, de tal manera que tanto las secreciones hormonales, la regulación de la temperatura del cuerpo y hasta el funcionamiento del corazón y del cerebro, entre otros órganos, dependen del ello.

El reloj biológico no es lo mismo que los ritmos circadianos, aunque exista una relación estrecha entre ellos; por eso, denominamos ritmo circadiano a los cambios biológicos, neurológicos o del comportamiento que guardan una duración de 24 horas, con concordancia principalmente con el ciclo de luz solar, y sirven para sincronizar la adaptabilidad del organismo a los cambios del medio, donde la luz es una de las señales que más impacto producen.

El conocimiento de la estructura del ritmo circadiano es de extraordinaria importancia médica, ya que existe abrumadora evidencia sobre la respuesta diferencial a fármacos de acuerdo al momento del ritmo diario en que se administre. No sólo la dosis absoluta de una droga varía con la hora del día en que se administra, sino que en muchas oportunidades sus efectos colaterales indeseados pueden ser minimizados.

Por lo tanto, es el reloj biológico el que controla a los ritmos circadianos, y muchas funciones encefálicas guardan relación con algún tipo de oscilación rítmica, aunque todavía no se sabe con exactitud cuál es la verdadera naturaleza o dónde está localizado el reloj biológico de los diferentes organismos vivos.

Sin embargo, casi con exactitud se ha establecido la existencia de un centro encefálico encargado de marcar el paso o los distintos pasos de la actividad cerebral. Se ha señalado al núcleo supraquiasmático como responsable e influyente en diversas actividades como el sueño, el hambre, la conducta sexual o el rendimiento psico-intelectual, y se reconoce que los relojes biológicos son mecanismos de regulación y de autorregulación del organismo, que acompañan a los ritmos de los distintos procesos con velocidad y formas variadas para que los organismos vivos existan y puedan tener una adecuada adaptabilidad en todas las dimensiones posibles, con ritmos innatos, constituidos en cada organismo, donde el cerebro es el órgano del cuerpo más sensible a la alternancia del día y de la noche.

No existen dudas acerca de que el reloj biológico es una realidad presente en el genoma de cada célula de un organismo multicelular, ni de que la evolución en un ambiente con periodicidad de 24 horas fue determinando la selección de una "señal" periódica que ha quedado incorporada al material genético de las neurona y las glándulas endócrinas, con un lenguaje utilizado de tipo químico, a través de hormonas y neurotransmisores como mediadores de la comunicación celular.

Dentro del mismo contexto de análisis comparativo es posible determinar que el sistema nervioso es rápido para realizar la comunicación intercelular. Sus tiempos se miden en segundos o fracciones de segundo; en cambio, el sistema endocrino es más lento y sus tiempos se miden, en general, en horas.

Es en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo (solo la destrucción del núcleo supraquiasmático detiene el reloj) en donde se originan los dos tipos de proyecciones funcionalmente individualizables: una dirigida a la glándula hipófisis y, la segunda proyección, orientada hacia las zonas de control de la actividad simpática. A través de las conexiones hormonales o nerviosas, logran una señal circadiana que se distribuye por la casi totalidad de los sistemas del cuerpo.

No obstante, el principal sincronizador es el luminoso. Por esa razón, el sol es el verdadero reloj encargado de poner en hora al cerebro. En condiciones normales se activa el reloj biológico cuando acaba el día y solo por disminuir la señal luminosa se nota la sensación de somnolencia unas horas más tarde.

Sin embargo, la exposición a la luz artificial propia del mundo moderno y, más recientemente la exposición nocturna a televisores, ordenadores, tablet, etc. puede contribuir a que los centros cerebrales que regulan el sueño no se activen hasta varias horas más tarde, por perturbarse la secreción de melatonina de la epífisis.

La estricta dependencia de la secreción de melatonina con la luz ambiental supone que la luz constituye un potente sincronizador, y el sueño, regulado por el reloj biológico del hipotálamo, determina a qué hora aumenta o disminuye la tendencia a dormir, fundamentalmente por activar la señal hacia la glándula pineal o epífisis, y la consiguiente producción de melatonina; coordinando, además, la adaptación de las restantes funciones para comenzar el periodo de sueño. 

Gracias al reloj biológico, los seres vivos son capaces de mantener su temperatura interna en niveles adecuados al ambiente donde se encuentren. Aun cuando la temperatura externa varíe mucho, la interna permanece constante (homotermia), porque las condiciones del medio interno son mantenidas constantes gracias a intercambios incesantes que corrigen inmediatamente cualquier alteración en los valores físicos o químicos del ambiente (homeostasia). Cuando el organismo vivo recibe información del ambiente externo, el control homeostático analiza los datos suministrados y prepara al organismo para reaccionar frente a cualquier cambio ambiental; de acuerdo con la luz que reciben (continua o no), ciertos animales aumentan o reducen el ritmo de acuerdo a sus respectivos relojes biológicos.

En el hombre, los distintos ritmos circadianos muestran una conducta anticipatoria, por eso la temperatura corporal y el ritmo de hormonas plasmáticas como el cortisol se modifican horas antes del despertar. El sistema digestivo se pone en marcha tiempo antes de la hora habitual de la comida, y el sistema cardiovascular se prepara de antemano para un cambio obvio cada noche: la modificación postural.

Si bien la evolución ha seleccionado ritmos circadianos confiables, y a la vez flexibles como para re-sincronizarse ante una nueva situación experimental, este hecho seguramente representó un aspecto esencial en el proceso de desarrollo del intelecto humano. Ya que es difícil imaginar la humanización sin la posibilidad de una concentración permanente durante la vigilia, no interrumpida por "siestas" intermitentes, como, por ejemplo, ocurre en el caso del perro o del gato.

Todos tenemos un reloj biológico que desarrolla importantes funciones en nuestro organismo, entre ellas la de alertarnos de que es hora de comer, de dormir, etc. Cuanto más organizada es nuestra vida, mejor funcionará nuestro reloj biológico, y está comprobado que las personas organizadas se estresan menos y tienen una menor probabilidad de sufrir enfermedades.

Es cierto, se sabe muy poco sobre el reloj biológico y su funcionamiento, pero lo que se ha investigado hasta el momento hace que nos demos cuenta de lo importante que es tener una vida equilibrada.

Bibliografía:

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