17 de Febrero de 2016

Grasa, azúcar y movimiento

Nuestro sistema emocional no ha tenido tiempo de adaptarse al mundo moderno y por ello nuestro sistema racional responde con programas básicos ante algunas necesidades. Para actualizarnos debemos buscar el cambio y proponernos ser “nuestros propios capitanes”.

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


Los mismos comandos emocionales que hace 150.000 años aseguraban nuestra supervivencia ¡hoy pueden terminar matándonos! 

Después de muchos miles de millones de años de evolución, nos recibimos de sapiens sapiens en la sabana africana hace unos 150 mil años. Tenemos el mismo modelo de cerebro de aquel entonces. Mismo peso, estructuras, cantidad de neuronas, etc. La “compu” es la misma; El “hardware”, también y los programas básicos de funcionamiento se repiten. Sin embrago, ha cambiado el “software”, es decir, los programas nuevos que hacemos correr en esta híper sofisticada obra de la creación a la que llamamos cerebro. 

Fuimos preparados para sobrevivir en un mundo primitivo marcado por la escasez. Nuestro sistema emocional estaba perfectamente balanceado, premiándonos con placenteras descargas de dopamina ante la sola posibilidad de conseguir alimentos, llevándonos a la acción (buscarlos) con energizantes dosis de adrenalina. Por otro lado, cuando ya obteníamos lo que buscábamos, la placentera serotonina entraba en acción imponiendo una nueva orden: relajarse, disfrutar y sobre todo: ¡ahorrar energía! 

No movernos era un lujo al que rara vez teníamos acceso en el mundo primitivo. En ese entonces conseguir un gramo de azúcar o de grasa era dificilísimo, y el movimiento era algo totalmente inevitable. Si querías comer tenías que moverte y si no lo hacías… ¡terminabas siendo alimento de otros! 

Este sistema anduvo muy bien en el mundo primitivo, pero hoy, en la etapa moderna, puede resultar letal. Hoy la grasa y el azúcar nos “llueven” y el movimiento para conseguirlas es totalmente evitable. Marcás un número, o mandás un mensaje, y llega en minutos lo que antes costaba horas de sudor y esfuerzo. 

Nuestro sistema emocional no ha tenido tiempo de adaptarse a tal cambio. Siguen corriendo, inicialmente, sus programas básicos con los que sobrevivió durante tantos millones de años. Sigue pidiendo grasa, azúcar y la menor cantidad de movimiento posible. Y nuestro sistema racional tiende a hacer lo mismo que hizo durante toda nuestra evolución: cumplir los deseos emocionales. Después de todo, para eso fue creado, para ayudar al automático sistema emocional a encontrar mejores formas de conseguir lo necesario. Aprender y crear fueron herramientas fundamentales para que nuestros comandos emocionales llegaran a cumplirse. 

Hace 150 mil años lo que causaba placer era bueno y había que buscarlo. Hoy esa realidad cambió: existen cosas que producen mucho placer y nos hacen muy mal (por ejemplo: drogas). El cerebro emocional no consulta a la razón sino que simplemente ejecuta. En su ingenuidad no puede entender estas novedades y sigue pidiendo lo que le resulta placentero, incapaz de razonar y de dejar de hacer lo que siempre hizo. 

Pero somos más que nuestros programas básicos. Somos sapiens sapiens y gracias a nuestra prefrontalcorteza prefrontal podemos saber que sabemos u observar lo que nos pasa. Usando dicha área de nuestro cerebro podemos instalar nuevos programas, patrones de comportamiento y hábitos, entendiendo que lo que inicialmente se percibe como una falta de libertad (por ejemplo: no comer hasta explotar) a largo plazo produce una mayor satisfacción y libertad (estar sano). 

La disciplina es muchas veces interpretada por nuestras primitivas redes automáticas como una falta de independencia. El sistema emocional quiere lo que quiere y YA. Pero a largo plazo esa misma autonomía deliberada puede terminar encarcelándonos en costumbres nocivas. 

Nuestras redes cognitivo-racionales son las principales responsables del razonamiento a largo plazo, pudiendo priorizar la ganancia a futuro sobre la pérdida actual. La disciplina de inhibir o vetar impulsos emocionales perjudiciales es la puerta de entrada a la libertad de no padecer las consecuencias nefastas de malas elecciones. 

No es de sorprenderse que inicialmente nuestro sistema emocional se rebele al cambio. Esto puede ser muy incómodo, ya que tiene dos herramientas muy poderosas para que hagamos lo que él quiere: el placer y dolor. Nos premiaremos con placer antes, durante y después de haber hecho su voluntad, y nos va a castigar con dolor cuando no lo hagamos. 

Lo más aconsejable es no entrar en grandes batallas, dosificando los cambios lo suficiente para estar incómodos (fuera de la zona de seguridad), pero no sufriendo. 

A medida que entrenemos a nuestro cerebro a postergar la gratificación inmediata en pos de una mayor gratificación a largo plazo, más reforzamos las redes que generan este tipo de conductas y más fácilmente actuaremos en forma independiente de nuestros pedidos emocionales. 

Todo cambio lleva un tiempo biológico adaptativo. “Recablear” nuestro cerebro requiere del uso de las 3 “P”: Paciencia, Perseverancia y Positivismo. 

Las tres “P” pueden resultar aburridas o difíciles de desarrollar en un principio, ya que nuestro sistema emocional no siempre las recibe de buen grado. El sistema emocional está más bien cableado para las “otras” tres “P”: ¡Pastas, Pan y Postres! Pero a medida que practicamos las “P altruistas”, nos habituamos a usarlas y entendemos sus beneficios, comenzamos a automatizarlas y a transformar nuestros comportamientos. 

Prácticas como la observación de patrones de comportamiento; la relajación; meditación; respiración consciente; el yoga; los deportes; la alimentación sana; la reducción de los tiempos en los que estamos inmersos en discusiones, quejas y dudas; la observación consciente de los aspectos positivos de la vida y tantas otras son herramientas básicas para expandirnos del campo de la supervivencia y acceder al de la trascendencia. 

Sin dudas todo cambio es difícil, pero comenzar por proponérselo y decirnos a nosotros mismos: “hay un nuevo jefe en casa, soy YO, mi yo consciente, mi yo trascendente”, puede ser un gran comienzo. Somos mucho más que sólo nuestro sistema emocional. Citando a Henley en su poema Invictus: “Somos (o podemos ser) nuestros propios capitanes”.

Imagen: www.runnersworld.com


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