Un aula curiosa ofrece un espacio para nuevas experiencias y posibilidades a partir de generar un ámbito en el que la búsqueda por la novedad sea la idea directriz esgrimida por el docente.

El aula curiosa y el aprendizaje (segunda parte)

Fecha 30 de Enero de 2017

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El aula curiosa es co-creada

“Para permanecer jóvenes tenemos que estar permanentemente en un estado de curiosidad intelectual”. Salvador Paniker

Los docentes juegan un rol muy importante a la hora de ayudar a sus alumnos a transformar su curiosidad en una investigación a través del estímulo y el desafío de tomar un compromiso y una posición activa frente a un tema de interés.

Un maestro puede situarse como andamiaje cuando guía a sus alumnos en un nuevo territorio, expandiendo sus intereses y ramificándolos. Construir una plataforma tiene como función apoyar aquellos objetivos que el estudiante puede lograr con un poco de ayuda, pero que sería incapaz de alcanzar en solitario.

Nuevamente, se consigue asistir a los niños curiosos cuando sus docentes también tienen esta cualidad, están involucrados y desean probar cosas novedosas. De esta manera, el aula curiosa genera una cultura del aprendizaje que emerge en la intersección entre los profesores y sus discípulos. Es una búsqueda colaborativa que comienza en las ideas y preguntas nacidas de las situaciones vividas por todos los miembros del aula.

El simple hecho de estimular la curiosidad involucra escuchar la miríada de voces y perspectivas de los miembros de la comunidad áulica y el respeto mutuo. Por otro lado, enseñar es un ejercicio diario de vulnerabilidad: los pares también toman riesgos al estar presentes y prepararse para una clase basada en la curiosidad.

La exploración de ámbitos novedosos es por naturaleza “subversiva” al ordenamiento tradicional vertical, de arriba abajo, del aula. Cuando lo que más se desea es el orden, un espíritu inquisitivo puede convertirse en una carga. Después de todo, el hambre y la búsqueda no son obedientes y domesticables.

La instrucción formal ha sido típicamente diseñada para controlar a los alumnos dinámicos y activos. Los chicos ávidos de la novedad critican los sistemas, juegan y atacan la autoridad.

La actitud de buscar algo original puede no provenir del buen alumno sentado en la primera fila sino del que está en el fondo, cerca de la ventana, generándonos acidez gástrica con su comportamiento.

Para que los chicos sean capaces de expresar sus inquietudes deben sentirse autorizados a preguntar, aun si esto significa ir a contrapelo y desviarse con sus exploraciones. En realidad la curiosidad es altamente maleable. Como educadores, cada uno de nosotros tiene el poder de alimentarla o pulverizarla.

El tiempo para preguntarse y para dejar volar sus pensamientos es esencial para nuestros alumnos en riesgo. No es sorprendente que ellos (de los cuales la sociedad espera muy poco) hayan apagado su curiosidad por estudiar de memoria en aulas focalizadas en la obediencia. La única esperanza para estos niños en riesgo, y para todos los chicos, es restaurar la curiosidad en nuestras escuelas.

A fin de no aplastar algo que es natural debemos permitir lo que el filósofo de la educación John Dewey denominó “aventurarse en lo desconocido”. La travesía es igualmente importante para los docentes como para los estudiantes. Una vez que nos vemos a nosotros mismos como aprendices y como exploradores, más y más cosas nuevas comienzan a parecer posibles. Esto representa un cambio en la forma en que vemos el rol tradicional de un docente, de uno que hace y responde preguntas a uno que las provoca.

El aula curiosa provee espacio para experiencias auténticas y emergentes, posibilidades y sensación de propiedad. En este ámbito, los docentes sacarán a relucir la curiosidad y la sostendrán en sus alumnos para hacerla crecer al buscar nuevos desafíos.

Cuando el profesor es un co-aprendiz, el conocimiento y el entendimiento que los chicos traen al aula es tan importante e igualmente digno de aprender que el suyo.

Esto no implica que los maestros dejen que cada pregunta descarrile la programación de la clase. No obstante, pueden planificar partes significativas del programa alrededor del objetivo de invitar y estimular al alumnado a que persiga su curiosidad, ayudándolo a descubrir qué es lo que quiere saber, para luego mostrarle cómo manejarse en forma sistemática para obtener las respuestas a sus investigaciones y exploraciones.

Una de las funciones más valiosas de un docente es la de ayudar a sus alumnos a que den cuenta de su curiosidad y a que reflexionen sobre ella.

El “Nosotros” más que el “Yo”

Co-crear un aula curiosa requiere de diez kilos de humildad. Los docentes deben ser capaces de dejar de estar a cargo y de escuchar la multitud de voces que existen en el aula con el mismo respeto.

Cuando planificamos las clases debemos tener en cuenta nuestros objetivos, pero también los de nuestros alumnos.

Repaso rápido

  • Todos los alumnos (aunque en realidad todos los seres humanos) son curiosos.
  • Apoyar y hacer andamiajes para la curiosidad hace que los alumnos se abran al conocimiento.
  • La curiosidad de los alumnos y de los docentes puede combinarse para co-crear un aula curiosa.
  • Crear un aula curiosa modifica las visiones tradicionales de la enseñanza y del aprendizaje.

Unos pocos y pequeños cambios

“La curiosidad es una de las más permanentes y seguras características de una vigorosa inteligencia”. Samuel Johnson

Si el objetivo de la escuela es la innovación, la creatividad y un progreso auténtico, la curiosidad es una bendición. Los alumnos curiosos (o sea todos los alumnos) toman riesgos, son intelectualmente alegres, prueban cosas, cometen errores productivos y aprenden en profundidad.

Es necesario hacer solo unos ajustes mínimos para transformar cualquier aula en un mundo inquisitivo, comenzando con un cambio en cómo los docentes se ven a sí mismos, transmutando su rol de docentes a docentes – aprendices que son curiosos acerca de los procesos que facilita el aprendizaje. De algún modo, hacer esto significa montar el aula para que apoyen aquellas habilidades con las que todos los estudiantes comienzan, tales como el impulso de explorar, el aprendizaje sin esfuerzo, la imaginación y la motivación intrínseca.

Finalmente, los maestros deben ordenar el tiempo, el espacio y la orientación de las clases de una forma tal que las competencias innatas florezcan. Cuando el alumnado es provisto del andamiaje y la libertad para perseguir sus propios intereses, se tornará muy eficiente y alegre.

Si retiene su curiosidad y asombro innato, primero se dedicará a hacer preguntas, luego buscarán formas de conocer y encontrar respuestas y, finalmente, volverán a comenzar con más preguntas. Si los estudiantes adoptan estos hábitos mentales nunca pararán de aprender a lo largo de sus vidas. Los docentes súbitamente se encuentran de vuelta sorprendidos, haciendo preguntas de nuevo, recordando cómo se sintieron ellos alguna vez tan curiosos y teniendo mucha diversión. Mientras tanto, comienzan a crear un espacio en el cual la habilidad más esencial para el aprendizaje profundo ha germinado: el aula curiosa.


Bibliografía:

  • Anderson, M. (2016). Learning to Choose, Choosing to Learn: The Key to Student Motivation and Achievement. Minnesota: Association for Supervision & Curriculum Development.