Las nuevas tecnologías nos obligan a estar atentos sobre lo que sucede en el mundo virtual (Internet) para poder acompañar y alertar a nuestros hijos (o alumnos) sobre las peripecias que se pueden vivir “on line”.

Cuando el peligro no es un miedo

Fecha 05 de Agosto de 2014

Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar).


La velocidad del surgimiento de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTICs), el uso de las redes sociales, el avance de la telefonía móvil y la aparición de nuevas fuentes y agentes del saber nos invitan a interactuar en un moderno paradigma educativo y a rever los actuales roles que tenemos como docentes, alumnos y padres.

Para estar a la altura ―participando activamente de esta era― no sólo debemos conocer y dominar las herramientas que la Web 2.0 nos ofrece, sino también informarnos sobre los “peligros” a los que estamos expuestos al ingresar en el mundo virtual, sin intención de provocarnos un “nudo de miedo en la garganta”, sino con el firme convencimiento de que no podemos quedarnos quietos. Como dice Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas: “En un mundo en movimiento, el que se queda quieto retrocede”.

¿Qué hace que Internet sea extraordinaria?

Esta red informática mundial hace que consideremos ―como Alicia― que vivimos en un mundo “de maravillas”.

Informaba un artículo del Diario La Nación de marzo de 2000: “Por Internet se pueden hacer muchas cosas, mandar y recibir mensajes, conversar, comprar y vender, recibir y dar clases, hacer experimentos a distancia, oír música y ver videos, viajar y visitar museos, estudiar, ganar dinero y amigos, perder el tiempo o divertirse. La lista es interminable y suena más bien a un catálogo fantástico. (…) Internet ha creado como por arte de magia un medio de comunicación que nadie pudo prever hace apenas una década y que hoy nadie controla. No tiene propietario; es, en cierto sentido, de todos y de nadie. No hubo jamás en la historia de las comunicaciones algo semejante a Internet. Vive del aporte personal de cada uno de nosotros”.

¿Cuáles son algunos de los cambios que se produjeron desde la llegada de Internet?

En primer lugar, somos la generación de papás y abuelos que tenemos que aprender con nuestros hijos/nietos a utilizar la tecnología. Es más, es la primera vez que ocurre en la historia de la humanidad que los niños, muchas veces, saben más que los adultos.

Por otro lado, los adolescentes de hoy serán la primera generación de personas que busquen trabajo y que los retratos de sus vidas privadas estén en Internet. Estos mismos jóvenes serán, a su vez, los padres de chicos que podrán saber, con tan sólo un “click”, qué hacían sus progenitores en su adolescencia, por ejemplo.

Es importante, por lo tanto, saber y transmitir que todo lo que se publica en Internet permanece allí, en la virtualidad, para siempre (aún cuando creamos que lo hayamos eliminado o no lo podamos ver).

Nuestros jóvenes son muy inteligentes con la tecnología: saben cómo funciona prácticamente cada uno de los dispositivos tecnológicos que tienen a su alcance, programas y aplicaciones; y podrán descubrir, con los conocimientos que ya poseen, cómo funcionarán aquellos que surjan en el futuro. Pero, como dice el escritor Mark Prensky, “…la sabiduría digital no consiste solamente en la expansión de nuestras habilidades a través de la tecnología, sino en el uso inteligente de la misma... Es aquí, seguramente, en donde el aporte de los adultos es fundamental para enseñarles a los jóvenes a ser “tecnológicamente inteligentes”.

Así como es fácil encontrar información buena, es posible toparnos con mala o desagradable (pornografía, violencia explícita, terrorismo, etc.) que puede afectar, especialmente, a los menores.

Como educadores y usuarios de la web, es necesario que sepamos que se accede a la tecnología antes de tener conocimiento de sus peligros.

¿Qué le pasa a nuestro cerebro con Internet? ¿Cuáles son los peligros?

Las neurociencias nos dicen, en primer lugar, que el cerebro humano evolucionó para interactuar en el mundo real, no en el virtual, con otros cerebros. Esto ya nos presenta un tema imposible de omitir, y que nos lleva a pensar: ¿cómo hacemos para colaborar con el desarrollo de la comunicación efectiva y afectuosa en un mundo en el cual casi todo se comunica virtualmente? ¿Cómo logramos optimizar esta maravilla de las comunicaciones para lograr enriquecernos y enriquecer a otras personas?

Por otro lado, nuestro cerebro viene al mundo con ciertas conexiones neuronales (cableado de redes neuronales) que tienen un principal objetivo: la supervivencia.
Podríamos comparar estas conexiones con un software. Entre otras funciones, en este programa de computadora metafórico se encuentran ciertas emociones básicas útiles, justamente, para mantenernos vivos.

Una de ellas es el miedo, que es provocado por un estímulo que predice el peligro y activa en el celebro sistemas para alertarnos. Es, quizás, el estado más intenso en el que puede entrar nuestra mente y nuestro cuerpo, produciendo respuestas automáticas de “lucha o huida” para preservar la conservación del individuo y, consecuentemente, de la especie.

Entonces, nuestros cerebros no están biológicamente cableados para reaccionar frente a los riesgos virtuales, que pueden ser muy engañosos.

Cuando les permitimos a nuestros hijos salir solos por primera vez a la calle a hacer un mandado es porque ya han practicado cómo hacerlo. Primero los llevamos de la mano; después de un tiempo, ellos caminan “solos” unos metros delante nuestro. Mientras tanto, vamos enseñado una serie de cuidados que hay que tener: caminar por la vereda pegaditos a las casas y lejos de la calle por la que circulan los autos, no hablar con extraños, prestar especial atención a sus pertenencias para evitar un robo, respetar los semáforos para cruzar las calles, etc.

Si les enseñamos a nuestros hijos que no hay que hablar con extraños en el mundo real, también deberíamos explicarles que en el mundo virtual no deben chatear ni compartir información personal (fotos, entre otras cosas) con desconocidos.

Por otro lado, quizás el peligro más sobresaliente es el que se presenta a la hora de estar “on line”, porque nuestros cerebros creen que nuestro hogar es un lugar seguro. Aparece, entonces, un interrogante: ¿cuán a resguardo están nuestros hijos en el living de casa cuando chatean?

Como adultos, no sólo debemos enseñar a buscar información confiable, sino también ayudar a seleccionar las páginas que son buenas para ellos y colaborar en que descubran aquellas que los engrandezcan como seres humanos. Asimismo, debemos alertarnos sobre los riesgos que existen en las redes sociales, sobre qué información hay que dar y cuál no o sobre qué temas pueden publicar y cuáles no...

¿Qué debemos contemplar los adultos de hoy en el contexto en el que habita la tecnología?

A) Estar informados de lo que significa:

  • Phishing,
  • Spoofing,
  • Pharming,
  • Hijakering (y todas sus variantes: IP hijaking, Page hijacking, Domain hijacking, Session hijacking, Browser hijacking, Home Page Browser hijacking,Modem hijacking),
  • Malware ―también llamado badware―, código maligno, software malicioso o software malintencionado,
  • Sexting,
  • Grooming.

Esta información está disponible en la web, como así también la manera en la que podemos protegernos.

B) Ejercitar la escucha atenta y estar informados sobre las actividades que realizan nuestros hijos en Internet. No para prohibirlas, sino para generar climas de seguridad para que ellos se sientan libres de expresar sus sentimientos y, si se les presentase una situación difícil con la que tengan que lidiar, sepan que pueden contar con nosotros.

C) Construir Alfabetismo Emocional. Cuando nos comunicamos cara a cara permanentemente enviamos señales sobre nuestros sentimientos mediante tonos de voz, expresión facial, y otros canales no verbales. Es por esto que la capacidad de descifrar estas señales en la comunicación virtual puede llegar a ser un tanto “delicada”. La alfabetización emocional, el desarrollo de la empatía y demás habilidades emocionales no deben olvidarse a la hora de educar en el mundo de las comunicaciones virtuales.

D) Educar, acompañar y colaborar para que los niños y jóvenes procesen la información que reciben de Internet. No perdamos de vista que su corteza prefrontal (las áreas más evolucionadas del cerebro) aún no están lo suficientemente maduros como para descifrar, comprender y hacer juicio crítico aplicando la ética y la moral de toda la información a la que tienen acceso.

Últimas reflexiones

Nuestra tarea como educadores es ajustar las conexiones y desconexiones que se producen en la virtualidad. También, el desafío está en aprovechar las tecnologías al máximo para que nos ayuden a aprender, poco a poco, a desarrollarnos como mejores seres humanos.

La información sobre las nuevas tecnologías se vuelve ineludible en la educación del Siglo XXI, por ello: “En un mundo en movimiento, no te quedes quieto, avanzá”.


Bibliografía:

  • Goleman, D. (2012). The Brain and Emotional Intelligence: New Insights. Massachusetts: More Than Sound.
  • Prensky, M. (2001). From Digital Natives to Digital Wisdom. New York: Corwin.